Concepto · Relieve
Una montaña que se disuelve en vez de desgastarse acaba con forma de mesa, sin un solo río en la cima y agujereada como una esponja.
Karst es el nombre del relieve que se forma cuando la roca se disuelve en lugar de desgastarse. El término viene del Karst esloveno, la meseta sobre Trieste donde el fenómeno se describió por primera vez.
La química es sencilla y ocurre en todas partes. El agua de lluvia absorbe CO₂ del aire y del suelo, y se convierte en un ácido débil:
La caliza es carbonato de calcio. Ese ácido flojísimo la convierte en algo que el agua se lleva disuelto. No hay abrasión ni partículas arrastradas: la montaña se va en solución, molécula a molécula.
Y la reacción es reversible. Cuando el agua pierde CO₂ —al entrar en una cavidad ventilada, por ejemplo— vuelve a precipitar carbonato. Eso son las estalactitas: la montaña que se disolvió arriba, reconstruyéndose abajo.
La forma depende de qué roca le tocó al macizo.
La caliza de Dachstein, que forma buena parte de los Alpes calcáreos del norte, se depositó en el Triásico superior, hace unos 210 millones de años, en una plataforma marina somera y tropical parecida a las Bahamas de hoy. Se acumuló durante millones de años en capas casi horizontales, hasta espesores de más de mil metros. Es roca masiva y tabular: pocos planos de debilidad, y los que hay son horizontales.
Cuando la colisión alpina levantó ese paquete, lo subió como un bloque, sin plegarlo demasiado. Una roca así, levantada en bloque y atacada por disolución, no produce picos: produce una tabla con los bordes cortados a cuchillo. El agua penetra por las fracturas verticales y las ensancha hasta que la pared se desploma en vertical; arriba, en cambio, apenas hay escorrentía que talle valles.
De ahí la silueta: paredes de seiscientos metros y, encima, una superficie casi plana a dos mil.
El contraste con la roca cristalina es total. Gneis y esquisto no se disuelven; se rompen por fracturas en todas direcciones y el hielo los talla en pirámides. Dos macizos separados por cien kilómetros pueden tener formas opuestas por la roca de la que están hechos.
Arriba, una meseta kárstica es un sitio hostil y raro.
No hay ríos. Ni uno. Toda el agua que cae se sume por las fisuras en cuestión de metros. Es una montaña de dos mil metros que recibe mucha nieve y no tiene un solo arroyo en la cima.
No hay suelo. El que hubo se lavó hacia dentro por las grietas. Queda roca desnuda, gris pálida, esculpida en surcos y cuchillas —el lapiaz, Karren en alemán— que son la huella de miles de años de agua corriendo unos centímetros antes de desaparecer.
Hay dolinas. Hoyos en embudo, de metros o de cientos de metros, donde el techo de una cavidad cedió o la disolución se concentró. Vistas desde arriba con sol bajo, llenan la meseta de sombras circulares: por eso una fotografía con luz rasante revela la estructura y una de mediodía la esconde.
Hay fósiles a dos mil cuatrocientos metros. Esa caliza está llena de megalodóntidos, unos bivalvos gruesos del Triásico. Cortados por la erosión dejan una sección en forma de corazón, y los pastores austríacos las llamaron Kuhtritte, pisadas de vaca. Conchas de un mar tropical, hoy en la cumbre.
El agua que se sume tiene que ir a alguna parte. Circula por dentro del macizo, ensanchando conductos durante cientos de miles de años, y sale abajo, en manantiales kársticos: ríos que brotan del pie de la pared ya formados, con todo su caudal y sin cabecera visible.
Las cuevas de hielo son un caso particular de ese sistema, y su mecanismo no es simplemente que haga frío: son una trampa de aire frío. La entrada está alta y la galería desciende. En invierno el aire exterior, denso y helado, cae por la boca y se acumula dentro, enfriando la roca muy por debajo de cero. En verano el aire caliente es más ligero y no entra: se queda flotando fuera. Así la cavidad conserva el invierno todo el año, y el agua de deshielo que se filtra en primavera se congela al tocar la roca.
De ahí que el hielo ocupe solo el tramo cercano a la entrada. Más adentro, donde el aire ya no circula, la cueva vuelve a la temperatura media del macizo y está seca.
Cuatro señales, y suelen aparecer juntas:
Con esas cuatro, la caliza se identifica desde la cabina en unos segundos, en cualquier parte del mundo.